Esta
mañana, en un grupo de 2º de E.S.O., explicaba los repartos directamente
proporcionales. Cuando había contado ya dos o tres veces un detalle imprescindible
para que lo entendieran, una chica de la primera fila, poniendo una carita
inconfundible que me conozco de memoria, me decía eso de… “no lo entiendo”. Son
esos momentos en que ya has tratado de contarlo de varias maneras y te das
cuenta de que tienes que volver a reinventarte, a imaginar cómo volver a decir
lo mismo más y más veces hasta que esa cabecica llegue a pillarlo. Con todo el
cariño del mundo, y sin perder la esperanza de conseguirlo, he repetido la
operación pero la cara no cambiaba. En ese momento, en el que ya le había
puesto un par de ejemplos de lo más mundano, de esos que enlazan lo que
explicamos con la realidad que rodea a nuestros alumnos, y de la que tanto se
olvidan nuestros programas y demás papeles que acechan nuestro quehacer diario,
he decidido bajar un escalón más e irme directamente a su vida, a algo que
puede pasarle cualquier día a ella misma en su casa.
Vamos
a ver, le he dicho, imagina que llegas a casa y tu madre se ha olvidado de
comprar tomate que necesitaba para echar a la comida. Entonces, aprovechando
que llegas, te pide que bajes a comprar y ya de paso que compres más de una,
ocho por ejemplo, porque ya que vienen las navidades con las cenas y comidas
familiares… Como no tiene suelto te da 50 euros. Bajas, compras las 8 latas,
las pagas pero no se te ha ocurrido mirar el precio. Cuando subes a casa, tu
madre te pregunta… Oye ¿cuánto valía una lata? ¿Qué harías para saberlo?
Tras
un pequeño silencio que cruzaba la clase de esquina a esquina, mientras la
chica pensaba en euros y latas, una vocecilla ha cruzado el aula con la
solución más rápida, exacta e ingeniosa… “Pues mirando el ticket”.
Una
vez más la frescura mental y el ingenio de estas mentes preadolescentes nos
vuelve a sorprender. ¡Cuánto nos pueden enseñar a nosotros que creemos saberlo
todo!
Javier
Lozano 4 – Diciembre -2014
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