Este
fin de semana María, mi hija mayor, se iba de viaje y nos trajo a casa para que
le cuidáramos a Sultán, una conejilla preciosa y muy simpática. Sí, conejilla.
Es que cuando la bautizaron no se les ocurrió pensar que aquello podía no ser
un conejo y a la pobre le toco ese nombre y luego ya no se lo volvieron a
cambiar cuando descubrieron el, para ella, humillante error.
Ya en otra
ocasión que la trajo nos comentó que ella la suelta por su casa algunos ratitos
y que disfruta un montón. No me extraña porque a pesar de ser una jaula enorme,
a la pobre se le queda pequeña. ¡Sí! como aquella que yo sufrí y de la que
prefiero no acordarme. En aquel fin de semana no la saqué, pero esta vez a mí
me daba pena, mucha pena y a eso de las dos menos cuarto la he sacado. Ha
llegado la hora de comer y estaba tan contenta metiéndose por detrás del sofá y
de los orejeros que, tras un intento fallido, la hemos dejado un poco más. El
problema es que después, ni a las tres, ni a las cuatro, ni… nadie era capaz de
meterla a su jaula. ¡Vaya rato! Dimitri Dostoyevski Smirnoff, el hámster
ruso que tiene Marta, la pequeña de la casa, miraba pasar a Sultán y no daba
crédito a lo que veía, agarrado con sus dos manitas encaramado a los barrotes
de su gran jaula mientras se le resbalaban las patitas, como el niño que no es
capaz de ver pasar la cabalgata de Reyes. Cuando a la señorita le ha dado la
gana, poco más allá de las cinco y media, se ha metido sola después de que
nadie hubiera sido capaz de hacerse con ella. ¡Había descubierto la Libertad y
luchaba por mantenerse en ella!
Lo
que no hagamos por los hijos…
Javier Lozano
28/07/2013
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